Editorial

por Raúl Bove

Raul Bove

La idea era en este el primer número de nuestro quinto año en la WEB (¡cómo pasa el tiempo!) dedicar el editorial al cambio climático que tanto nos golpea y que sin lugar a dudas esta poniendo en peligro a nuestro planeta.

Con solo estar atento a los informativos televisivos o radiales podemos acceder al conocimiento de las calamidades climáticas que nos azotan y que resultan impresionantes.

Es así que la brutal sequía que golpea a Rusia, acompañada por incendios incontrolables en los bosques de la zona central de ese país, o las imponentes inundaciones que afectan a China, Polonia, Brasil o Pakistán, son señales que la naturaleza nos está enviando. A todo esto hay que agregar los anuncios de la multiplicación de huracanes que se prevé que caerán afectando al Caribe y Atlántico norte. Y si esto fuera de poca preocupación no hay más que agregar el derretimiento del casquete polar en las proximidades de Groenlandia y la Antártida.

Pero un acontecimiento totalmente repetitivo nos obligó a comentar someramente este tema tan importante
y dirigir las baterías hacia la tan manida “pesca artesanal”.

Como muchos de ustedes conocen acostumbramos a salir a pescar embarcado desde el Yacht Club
Atlántida. Al igual que tantas otras veces en compañía de un amigo programamos una salida en busca
de unas buenas corvinas blancas, ya que a esta altura del año deberían estar presente en los caladeros
que tenemos muy estudiados y agendados correctamente en el GPS.

Ya a unos pocos metros de la costa, mientras fijábamos el rumbo hacia ese lugar previamente elegido,
comenzamos con la dificultad de tener que esquivar las redes colocadas en nuestra derrota.
Contamos cerca de ochenta embarcaciones dedicadas a “la pesca artesanal”.

No es el motivo de esta nota desconocer el valor social que cumple esa actividad dando trabajo a muchas
personas, pero como es posible que un cardume tolere tanta presión en una franja tan pequeña de costa. Estos barcos operan preferentemente entre los dos arroyos; Pando y Solís Chico, ejerciendo su actividad sin ningún control. Como pescador deportivo puedo aseverar que cada vez son menos las capturas que logramos, que los tamaños de las piezas merman aña a año y que cada vez hay que buscar caladeros más lejos de la costa para lograr una magra captura.

Nos preguntamos si esta franja de la Costa de Oro, teniendo en cuenta que cada embarcación cala por lo menos mil metros de paño, está en condiciones de soportar ochenta kilómetros de malla; mas de dos veces la distancia entre arroyo y arroyo.

Pensamos que es tiempo de que se tomen medidas y sin prohibir se hagan cumplir las leyes pesqueras
existentes con controles efectivos sobre tamaños, cantidad de capturas y todo aquello que colabore
a la recuperación de nuestra riqueza íctica.

Quienes dependen del recurso como único sustento seguramente serán los primeros perjudicados.
Nosotros los pescadores deportivos siempre encontraremos el lugar en el cual desarrollar nuestra
actividad..

 

 

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